sábado, 9 de febrero de 2013

¿Sostenibilidad con corrupción? - II


Como continuidad de la entrada anterior, creo necesario aclarar algunas ideas alrededor del concepto de corrupción y de porqué decimos que no puede haber un "Estado sostenible-Ambiente sostenible" si no despejamos la corrupción, tanto del corazón del propio Estado, como de su periferia y de cualquiera de sus "infinitos" rincones donde se tejen fantasiosos sueños de poder.



Somos Estado



En principio, como premisa fundamental, creemos importante remarcar que cada uno de nosotros tenemos el deber de sentirnos incluidos en el Estado. Somos, como ciudadanía, parte del Estado (organizado en cuatro componentes, según dijimos en ¿Sostenibilidad con corrupción?. Ver imagen del título)



Y nosotros, como parte vital del Estado, elegimos de manera periódica -y no siempre con las mejores alternativas a la vista- quiénes van a gobernarnos. Pero elegimos y por lo tanto delegamos. Nosotros. Primera persona del plural.



Por otro lado, decimos que la corrupción (ver Glosario) está asociada indisolublemente al Estado, ya sea por acción o por omisión. Y esto es tan así, que esta corrupción nace y se va desarrollando desde la propia ciudadanía, a través de sus valores, hábitos individuales o aceptaciones colectivas (forjados a lo largo de una historia específica que le imprimió un estilo  particular de manifestarse) y se va haciendo, poco a poco, "carne social" en la medida en que no somos capaces de pararla "en seco", identificándola, mirándola de frente y elaborando conductas que la destierren de nuestra cotidianidad.



La corrupción puede tener el "tamaño y volumen" que permitamos que tenga. Claro que, una inconducta individual, fruto de una circunstancial particular, no necesariamente podría  ser tildada de corrupción, sobre todo si existe la actitud de reconocerla y corregirla. Pero, si esa misma acción, la terminamos aceptando y justificando, seguramente continuaremos repitiendo y consolidando dicha inconducta. 



Esta enfermedad de reafirmación de las inconductas, como hecho aceptado socialmente, es aquello que finalmente termina ascendiendo por la pirámide hasta posicionarse en las más altas jerarquías sociales y de gobierno, reforzando de esta forma, aún más, las causas de esa misma corrupción. Un hermoso circulo vicioso. Y absolutamente corrupto.



Y, desde estos espacios de jerarquía, se las sigue alimentando a través de la satisfacción de todas y cada una de las tentaciones que van apareciendo en los ámbitos del poder. Tentaciones que, en vez de ser enfrentadas desde la fortaleza de "hacer lo correcto" o "lo más justo" -según la función y responsabilidad que se asume como funcionario o gobernante- se la enfrenta desde una debilidad ética y moral, afianzada en ese ciudadano-ahora-gobernante que solo aprendió a "trepar" dentro de una política partidaria incoherente, pagando todo tipo de "peaje" para llegar -lo más rápido posible- a la posición ambicionada y poder zafar, o lograr el tan ansiado éxito o la salvación económica.  Solo o con su grupo de apoyo, no importa cómo. Lo que realmente  importa es “disfrutar, circunstancialmente, de esa falsa sensación de ser diferente y estar a salvo".



Aunque debiéramos saber que, cuando se habla de corrupción, el estar a salvo “para unos pocos” es causa de desgracia “para unos muchos". Y esto, no solo es inaceptable desde todo punto de vista (humano, ético, social), sino que es muy peligroso.



Debilidades y fortalezas



Y ¿qué podemos percibir detrás de la corrupción?



Podemos visualizar la existencia de debilidades propias de aquellas personas indeterminadas éticamente; debilidades que podríamos llamar anti-virtudes y que son las que, en nombre de la democracia, generan desconfianza, indiferencia, anomia ciudadana -con su pesada carga de violencia- y que terminan finalmente asesinando a la participación, eje esencial de todo Estado que se presuma democrático.



Las debilidades a que nos referimos son: la cobardía, el desenfreno, la astucia y el descontrol.

-La cobardía que tiene el significado de incumplimiento sistemático de los deberes y responsabilidades propias de la función que se acepta desarrollar socialmente, sin importar si es en el ámbito público o privado. Significa establecer unas relaciones totalmente inapropiadas entre el ciudadano y el espíritu de las leyes, las que deben estar fuertemente subordinadas a la propia Constitución.

-El desenfreno: que representa la aplicación impune y desmedida de atributos impropios del rol o función que a un ciudadano le toca cumplir y que por lo general van en desmedro del cuerpo social.

-La astucia: como actitud y mecanismo psicológico-mental orientado a evadir toda posibilidad de consenso que permitiera resolver, de forma sostenible y económica para el Estado, los problemas de éste, pero que -se mantiene a toda costa- pues de lo contrario pondría en evidencia las situaciones de prebendas sostenidas mediante la cobardía y el desenfreno.

-El descontrol: que es el resultado lógico de actuar especulativamente (con cobardía, desenfreno y astucia) y que se traduce en la falta de inteligencia, voluntad y compromiso para hacer más justa, progresivamente, la vida social.



Como contrapartida ¿cuáles serían las virtudes necesarias que podrían despejar esta situación? Creemos que son la contrapartida de aquellas, es decir: el valor, la prudencia, la inteligencia y el equilibrio

-El valor, que permite –libre y conscientemente- hacerse cargo de las propias responsabilidades y deberes que corresponden a un propósito común establecido y representado por el espíritu de la Constitución, máxima referencia de las conductas sociales. No debe confundirse valor con arrojo o temeridad.

-La prudencia, para enmarcar nuestra toma de decisiones cotidianas en coincidencia con la Ley, ya sean éstas del orden natural o político-social.

-La inteligencia, que posibilita identificar las causas de aquellos procesos que agreden al cuerpo social, de forma tal de acceder a la mejor solución evitando así acciones reaccionarias que solo potenciarían el problema.

-El equilibrio o armonía social, como resultado lógico de haber desarrollado desde las funciones que nos tocan a cada uno, como ciudadanos comunes o con responsabilidades de conducción, valor, prudencia e inteligencia.



Lo planteado, si bien simple no es fácil, pues está referido a cambios culturales los cuales necesitan de tiempo y a veces, sufrimiento.



Pero, independientemente del tiempo que nos lleve ver los resultados, lo primero que se requiere es un claro y sincero reconocimiento de la situación. A su vez se debe aceptar la imperiosa necesidad de un cambio, con signos de permanencia, y de un plan que nos permita progresar colectivamente, erradicando esta terrible debilidad que logra transformar cualquier sólido fundamento social en un gigante con pies de barro.



Conductas ciudadanas e institucionales



Y entonces, volviendo a la pregunta de cómo la corrupción del Estado repercute e imposibilita la tan declamada sostenibilidad ambiental, llegamos a la conclusión de que se han ido estableciendo con el tiempo un conjunto de relaciones inapropiadas entre los distintos componentes del Estado (y del ambiente por extensión) que mueven sistemáticamente la rueda de la corrupción, provocan contaminación y sostienen la confusión.



Esta rueda podemos imaginarla a través de las conductas de sus dos actores centrales: las instituciones (desde lo orgánico o sistémico) y la ciudadanía (desde lo individual). Actores que deben decidir colectivamente, a través de los canales institucionales, si desean continuar con la especulación a ultranza o si en cambio desean emprender un renovado camino de participación verdadera.



Desde lo institucional (Gobierno) es necesario que se acepten los desafíos, que se generen espacios de participación vinculantes, que se desarrollen políticas de estado inteligentes y que se asignen recursos en cantidad suficiente para que la ciudadanía (acompañada desde las organizaciones) pueda participar de un cambio cierto hacia el dominio de lo sostenible.



Desde la ciudadanía, conjunto soberano de actores, se hace necesario que desarrollemos el pensamiento crítico que nos aleje de dogmas y prejuicios, educarnos en temas sociales y ambientales, generar y fortalecer hábitos apropiados de sostenibilidad, participar de procesos de depuración ambiental trabajando sobre las causas y no contrarrestando permanentemente los efectos negativos de aquellas, desarrollar la atención para poder “mirar y ver” y, quizá finalmente, llegar a  disfrutar de una fiesta que significaría una vida en un ambiente progresivamente saludable dentro de una sociedad progresivamente educada.



Somos Ambiente



A su vez y para cerrar estas ideas, debemos decir que así como expresamos que somos Estado, también deberíamos decir: somos Ambiente.



Porque naturaleza es una cosa, cultura es otra y ambiente es la relación que establece una cultura determinada con la naturaleza. Por lo cual el ambiente es un concepto humano de integración de dos subsistemas. Hoy se está hablando de acoplamiento hombre-naturaleza para intentar aproximarse a un renovado concepto de ambiente. No de hombre “en” la naturaleza, ni de hombre “con” la naturaleza u hombre “y” naturaleza. No, sino de otro concepto, el de unificación de ambas cosas en una nueva perspectiva.



Si en un ejercicio teórico, pudiéramos eliminar al hombre del planeta, lo que quedaría no es un ambiente “libre del hombre”; quedaría una naturaleza sin agentes contaminantes, que es algo muy distinto.



Si pudiéramos darnos cuenta que estamos relacionados de una manera u otra con las cosas externas a nosotros y que los resultados que esperamos alcanzar a través de nuestras relaciones (con objetos o sujetos) dependen del tipo y calidad de las relaciones que establezcamos, entonces empezaríamos quizás a visualizar al ambiente como algo que nos incluye y a su vez como algo propio, de nosotros mismos, pues toda relación es una vinculación de por lo menos dos “puntas”, una de las cuales está en nuestra mente y en nuestros sentimientos. Dentro, nunca fuera.



La misma causa que nos impide decir “somos Estado” es la misma que nos impide decir “somos Ambiente”. Cuando resolvamos una, resolveremos las dos.



Y esto significará que habremos dado el primer paso hacia una vida verdaderamente sostenible, participante, cierta, en donde las referencias válidas para nuestras conductas estarán sólidamente ancladas al mundo de la Ley Natural, principio y fin de la sustentabilidad y no en nuestros prejuicios, nuestras ambiciones y nuestra disfrazada confusión.

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